La sombra

Estás ahí fuera. Sigues aporreando la puerta para que te abra. Pero no voy a hacerlo. No, si puedo evitarlo. 

Ya llevas semanas desde que empezaste con apenas unos golpes con los dedos, luego el timbre y ahora empujando con todas tus fuerzas. Ya te habrás dado cuenta de que he reforzado la puerta. De vez en cuando te cansas. Miro por la mirilla y te veo, descansando y cogiendo energía para seguir. Te digo que te vayas, que no te quiero en mi casa. Nada. Ahí sigues.

Salgo a hurtadillas por la cocina cuando noto que estás en calma, no sin antes asegurarme de que no haya ni una sola rendija por la que puedas pasar. Porque ya sé cómo conseguiste apoderarte de mí hace años. No te conocía. No sabia de tu poder. Y entraste como una sombra en un descuido.

Y todo se oscureció. La única luz que alumbraba mi casa era la de la televisión encendida desde que me despertaba hasta que lograba dormirme. Recuerdo que dejaba el temporizador para que se apagara sola. Era incapaz de quedarme a oscuras en soledad. Y al mismo tiempo detestaba la luz. Paradójico, ¿verdad?

Tu presencia anuló mis sentidos. Lograste que mis pensamientos fueran en una sola dirección dominando de tal manera mi caminar que era incapaz de ver nada que no fuera lo que tú me enseñabas.

Empecé a vestir solo de negro con ropa ancha, sin cuidarme lo más mínimo y saliendo de casa lo justo y necesario. Creía que era porque yo quería. Más tarde me di cuenta de que eras tú quien me obligaba. Mi voluntad estaba anulada.

Y ahora te veo rondando mi casa. Apenas te percibí, porque ahora ya te conozco y sé cuando andas cerca, me sentí fuerte y supe que no ibas a entrar. Tanto estás insistiendo que he tenido días en los que he estado cerca de abrir la puerta y dejarte entrar. Pero ya no es como antes. Ahora tengo dos hijos que ya son motivo más que suficiente para no dejarme llevar por tí.

No sigas llamando. No te quiero aquí. Te reconozco de lejos. Sé que si entras volverá la oscuridad, los días de sofá, los silencios, la curva en la espalda, los atracones de helado y un montón de acciones que van en contra de mí, aunque me grites lo contrario desde fuera. Sí, te oigo, te huelo, te veo y te siento. Sé que estás en el umbral de mi presente. Sé que un paso en falso me puede llevar de nuevo a tus brazos. Y también sé que no te quiero aquí. La primera vez me engañaste. Por ignorancia te dejé pasar y, poco a poco, con mucha sutileza y palabras falsas, me llené de ti. Gracias a que un alma buena con muy buen ojo se dio cuenta de mi estado y me ayudó a sacarte de mi mente y de mi cuerpo.

Escúchame bien. Ahora que conozco tus artimañas estoy muy alerta. Cada día recuerdo mi intención y reenfoco mi mirada para no dejarme llevar por tus súplicas. Salgo por la puerta de atrás para llenarme de luz y de energía, de esperanza y de alegría, de voces y silencios buenos. Dejo abiertas las cortinas para que la casa se ilumine y reviso que todo esté bien cerrado no sea que te cueles por un despiste. No se trata de evitarte ni de huir de ti. Te acepto. Estás ahí. Si echo a correr para alejarme de tí, me perseguirás allá donde vaya, ¿verdad? Es lo que haces siempre. Te reconozco. Y por eso puedo decirte que aquí no hay sitio para ti. No hace falta que huya porque vas a ser tú quien se vaya. 

Me vestiré de colores. Me maquillaré ligeramente. Me pondré tacones. Y saldré. Pasaré por delante de ti, sin miedo, con la cabeza bien alta y la espalda recta. Te miraré de frente para que sepas que te veo, no te ignoro, pero no te quiero.

Es mejor así. Estoy dispuesta a que no vuelvas a entrar en mi casa. Todo lo que me podías enseñar, ya lo aprendí. Aunque te llame «mi querida depresión» no eres querida. Deja de empujar mi puerta. Esta casa no es para tí. Recógete sobre ti misma y hazte una pelota para rodar cuesta abajo hasta desaparecer. No mi «querida depresión», no estoy para ti. Esta vez no.

2 Comments

  1. Mahandeep Kaur
    9 junio, 2019

    Buen relato!

    Responder
    1. Pilar Navarro
      10 junio, 2019

      Muchas gracias 🙂

      Responder

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