Las palabras perdidas 

«Cafetera»

«Cafetera» ha sido la última palabra que me ha abandonado. Ocurrió ayer. La puedo escribir ahora porque la busqué en Internet: «aparato para hacer el desayuno» y la palabra salió junto a otras como «tostadora». Con el mismo método conseguí que volviera la palabra que se escapó el día anterior: «colcha». 

Hace dos años salían de mi cerebro algunas palabras, de forma esporádica. Pensé que era el cansancio y no le dí mayor importancia. Trabajaba demasiado y solo necesitaba descansar, creía. Incluso leí que olvidar palabras era de sabios y me quedé tan contenta. El remedio que me aconsejaron fue mejorar mi vocabulario leyendo. Y si ya leía, desde entonces mucho más. Además me impuse aprender cada día una palabra nueva, como si unas pudieran sustituir a otras y ocupar sus huecos.

Sigo un ritual. Antes de empezar un libro y al acabarlo pido que sus palabras se queden alojadas en mi mente para cuando las pueda necesitar; y si alguna tiene mejor plan y quiere irse, no se lo voy a impedir. Solo le pido que me deje un sinónimo para no quedarme bloqueada cuando la busco. Ofrezco alojamiento confortable, limpieza, comida gratis y diversión.

Ultimamente pasa casi a diario. Los días que no me ocurre pienso que, tal vez, no necesité la palabra que se marchó y por eso no me dí cuenta. Me causa una gran desesperación ver un objeto y ser incapaz de darle su nombre. 

Me imagino a mis palabras jugando al escondite mientras las busco desesperadamente y con estupor. Con una diferencia: algunas jamás salen de su refugio o salieron por la puerta trasera sin decir adiós. Como ese señor que bajó a comprar tabaco y nunca volvió. Solo que yo nunca he fumado. Quizá sea eso; las palabras de mi mente han salido a fumarse su primer cigarrillo y, como les ha gustado, han decidido no volver. 

A veces, cuando no encuentro la palabra que quiero, viene una amiga suya hasta mi boca que no tiene nada que ver. Y digo frases ridículas como «saca el yogur del ordenador» cuando la palabra «nevera» se fue de juerga y «frigorífico» no apareció para auxiliarme. Seguro que se estaba preparando para irse con su colega.

Les pido que no me abandonen, que aún nos queda mucha vida juntas. Abro el diccionario y memorizo la primera palabra que veo aleatoriamente para que haga pandilla con las que aún me quedan. Algunas se instalan en su nuevo hogar, otras se van. 

¿Dónde estás «puchero»? ¿Dónde estás «tobogán»? ¿Y tú, «paragüas»? ¿Dónde te has metido «calamidad»? ¿Y «serenidad»? ¿Dónde estás «serenidad»? Te fuiste y no sabes cuánto te necesito. Sin ti no podré asumir la huída de las demás. Te reencontré un día y te anoté en un post-it que he pegado en la pantalla de mi ordenador para que seas lo primero que leo cada mañana al ponerme a trabajar. Y, ahora que aún están en mi cabeza, he escrito el nombre de mis hijos en un cuaderno para no olvidarlos. Porque siento que no poder nombrar a un ser querido es empezar a perderlo. No me dejéis todavía, aún no.

Se me van las palabras, gota a gota, como el café que cae de la cafetera —¡ha vuelto!— que acabo de preparar. Gota a gota se van las palabras que tanta compañía me han hecho siempre, ¿adónde van?. No lo sé.  Quiero pensar que viajan hasta el cerebro de un recién nacido a quien acompañarán hasta su vejez. Porque las palabras no se pueden perder. 

Disculpa un momento; no encuentro esa palabra de tres letras para dar por terminado este relato. ¿La sabes? Voy al buscador de Internet, espera….

¡Ah! sí, la tengo:

 FIN

____

Gracias a Pixabay por la foto

2 Comments

  1. Cristina Bou
    noviembre 10, 2018

    Qué preciosidad, tan triste, tan intenso…

    Responder
    1. Pilar Navarro
      noviembre 10, 2018

      Gracias Cristina. Escribimos para que la palabra perdure también, ¿verdad?. Un saludo

      Responder

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